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CLASES SOCIALES.
Primera parte
por Melina Dassano.
Idealización & “Clase Alta”.
El escenario de lo que
“está de moda” en la controversia de las clases
sociales.
En los últimos tiempos se han sucedido transformaciones en
las clases sociales de la argentina, como así se han fijado
valores paradójicos y estilos de vida devenidos en modas.
Ya no existen divisiones tan claras como las planteadas por el marxismo
fundacional, hoy distinguimos grupos con “conciencia de clase”
y otros sin ella, los cuales prevalecen en la sociedad actual. Contrastamos
la sentencia de la clase baja, el peaje de la clase media desistida,
no obstante la inmunidad de la clase alta. Las argumentes que fundan
nuestros actos; las conductas de aquellos que se relacionan con
una idealizada clase social. Así articularemos un análisis
objetivo de los por qué y las vivencias a través del
tiempo de la clase alta. Sin críticas, ni resentimientos,
sin más reflexionando a través de sus sentidos.
Dentro de las clasificaciones de grupo que ha formado el individuo,
encontramos, “el sedentarismo”, que fue la primera manifestación
de agrupación del hombre, debido a la búsqueda del
espíritu y la acción, ya que al vivir a merced de
la naturaleza y en condiciones extremadamente precarias, se vio
en la necesidad de organizarse en pequeños grupos y asentarse
en un lugar, aprendiendo de esta forma a convivir con más
seres de su misma especie y repartiendo deberes y obligaciones tales
como el cultivo y la caza. Después, el mismo hombre primitivo,
aprendiendo a vivir en conjunto con otros seres, forma la primera
institución social: “La familia”, cuya evolución
es importante por ser la primera unión con otros seres biológicamente
necesarios. Lo cierto es que marcó la pauta para la primera
estructura social.
Entonces las clases sociales se ordenaron en cuatro segmentos según
las culturas. El primero de ellos, la “clase alta o aristocrática”,
la cual, hasta 1914, representó al uno por ciento de la población.
La siguiente la “alta clase media”, que si bien era
rica, tenía una escasa celebridad social. La “baja
clase media” no poseía empuje económico ni logros
sociales, pero acariciaba alguna aptitud de progreso. Finalmente,
la “clase baja o proletariado”, que protagonizaba a
los dos tercios de la población, ocupaba la base de la escala
social.
Tiene lugar el auge de la Clase Social en el siglo
XVIII, desde el momento que las clases más
altas de Francia se vistieron a “la mode”, es decir,
según el gusto francés. Clase social, que forma parte
de un “sistema de clases”, es un tipo de estratificación
social en el que la posición social de un individuo se determina
básicamente por criterios económicos. Y no dejamos
de señalar a este sistema de clases como típico de
las sociedades industriales modernas. A final del siglo
XVIII con las nuevas tendencias económico-sociales,
la burguesía tuvo la posibilidad de acceder al consumo de
géneros de vestir, hasta ahora exclusivos del restringido
grupo aristocrático. Con el tiempo aparecieron en las primeras
revistas los figurines de moda en dónde el estilo del vestido
expresa el espíritu del tiempo y es uno de los indicios más
inmediatos de los cambios sociales, políticos, económicos
y culturales.
Desde el punto de vista económico de Europa, en el comercio
medieval estuvo el origen de la burguesía como clase social.
La actividad comercial definió los perfiles de un nuevo grupo
llamado a ejercer un indiscutible protagonismo en la activación
de la economía europea y en su evolución hacia formas
capitalistas. Las principales ciudades portuarias y mercantiles
del continente constituyeron el ámbito natural de desarrollo
de esta burguesía negociante. Entre ellas cabe contar a Génova,
Venecia y Florencia en Italia; Burgos, Medina del Campo y Sevilla
en la Corona de Castilla; Barcelona y Valencia en la de Aragón;
Nantes, Lyon, París y Rouen en Francia; Amberes, Lieja, Ámsterdam
y La Haya en los Países Bajos. En el siglo XVI
la comunidad mercantil se hallaba muy internacionalizada. La burguesía
mercantil formaba un grupo experto en el manejo de las complicadas
técnicas comerciales y que controlaba las redes del tráfico
internacional de mercancías. La burguesía urbana adinerada
se convirtió en prestamista para el resto de las clases sociales.
La alta nobleza no siempre supo unificar bien los derroches ocasionados
por su elevado tono de vida con una buena administración
de su hacienda. Ello la condujo con relativa frecuencia a la necesidad
de pedir préstamos a la burguesía.
Conscientes del espacio que ocupamos para arriesgarnos, alfabetizarnos
y progresar, así mismo no nos separa de las demandas de objetos,
que para los sujetos actuantes son una necesidad y han dejado en
disputa a las clases sociales de todos los tiempos, él éxito
comercial e industrial nos divide porque la producción reproduce
ésta necesidad. También el derroche de los países
globalizados nos extingue como razas civilizadas, porque no sólo
hay un sujeto para cada objeto sino hasta niños en venta
para la producción. Y más allá de la fuerza
de la moda hoy no sólo se compra para estar actualizado,
sino también para incrementar el temperamento, llegando a
comprobar que los productos de alto nivel y de alto valor simbólico
son los de mayor venta. En las luchas por el monopolio de los emblemas
de la “clase alta”, bienes de lujo, bienes de cultura
legítima o modo de apropiación legítima de
esos bienes, es el orden de la creencia, del crédito o el
descrédito, de la percepción y de la apreciación,
del conocimiento y del reconocimiento, nombre, renombre, prestigio,
honor, gloria, autoridad, todo lo que constituye el poder simbólico
como poder reconocido, por esto hoy nos preguntamos ¿Porqué
se invierte más en individualismo? La individualidad personal
y su identidad son una construcción social, una realidad
social. Por lo tanto la usurpación de identidad social que
consiste en adelantar al ser mediante el parecer es una causante.
Esta actividad es regulada por la búsqueda de reconocimiento
social para desplegarse en vistas al bienestar, la funcionalidad
y el placer en sí mismos que prosigue aun consumo más
para uno mismo, de este modo avanza el individualismo narcisista,
como una nueva relación con los demás y con las cosas.
La moda y el consumo de la clase alta que frente al excesivo abanico
de elecciones, se transforma en un factor de goce constante conformando
la diferencia en una individualidad privada. Definitivamente la
moda pertenece a éstos grupos poderosos. Por lo que determinamos
que la ostentación de una clase social como la Clase Alta
marca una moda particular y privada. Esta tendencia también
se transforma en moda y se ofrece como tal, más allá
que dicho personaje se esconde en los efectos que busca crear, de
alguna manera. Por esto nos posicionamos en el perfil utilitario
de la clase alta, originarios de una gestión social, que
se oculta a través de la expresión de modestia y jerarquía
que brindó el vestido a lo largo de la historia, como así
categoría a quién dedica horas de su tiempo a personalidades
de esta clase social “alta”.
Susana Luraschi nos resume … “Cuando
hablamos de moda, no hablando precisamente de clase social alta,
sino de clase media, menos que menos de clase baja. La clase alta
o cultura dominante son los primeros representantes que marcan lo
que hay que vestir, con gran indiferencia a las otras clases, no
así a las de su grupo de pertenencia. Cuando esa prenda es
adquirida por todos, masificando a las personas, allí estamos
hablando de moda. Mientras, aquella ya esta proponiendo otra cosa”...
… “El consumismo sostiene esta práctica, con
la promesa de felicidad otorgada justamente por el próximo
objeto a adquirir. Una cultura que forman identidades “adictivas”,
los productos se convierten en necesidad, en donde el sujeto como
tal desaparece, quedando prisionero tras el nuevo objeto que le
vendrá a satisfacer. Es constante la sensación de
vulnerabilidad que nos atraviesa a todos por igual, independientemente
de las necesidades satisfechas”...
A pesar de que en la evolución histórica de la vestimenta
la tendencia fuese simplificar la indumentaria y su sistema de acceso,
el hombre de por sí utiliza la ropa como medio de competición
y camuflaje. Ya se dijo que aparentar la riqueza a través
del objeto es una situación tabú. Como también
forma parte de ocultar la misma felicidad individual. La indumentaria
es uno de los canales de comunicación más directo,
que sin necesidad de reimpresión por su lenguaje visual,
aunque si requiera de mucha interpretación por su poder de
alcance masivo, es un condicionante de nuestra vida cotidiana bajo
el signo “hacer y parecer”. Por tal motivo la Clase
Alta, se considera constituida por las torres de poder (económica,
política o de partidos tradicionales, militares y eclesiásticos).
Descendiente del antiguo estado social de los grandes estancieros
del período colonial.
Así se reproduce un vestido con hábitos y costumbres,
diferenciación social y de prestigio, consolidando normas
de la vestimenta en una determinada cultura. Es para cuando sobre
la imagen de un cuerpo vestido se juega una clase de valores representativo,
diferenciando lo nuevo de lo viejo, lo marginal e indeseable. Aquí
tuvo lugar también el nacimiento de la moda en la Alta Costura,
a las clases sociales poderosas, bajo el lema de lo exclusivo que
trasciende a nuestros días. En las tipologías de la
vestimenta en la clase alta le dan más importancia a la estética
que cualquier otra clase. En la historia de la moda las altas clases
sociales por ejemplo, jugaban con la coquetería, extravagancia
y lo sofisticado. Compraban y utilizaban un promedio cercano a un
vestido de alta costura por día.
En la segunda mitad del siglo XIX los códigos
de la indumentaria para la clase alta eran estrictos. El espacio
y el horario con que frecuentaban dependían del tipo de traje.
Trabajaban materiales como la seda, coleccionaban objetos favoritos
y las telas importantes eran llevadas al mundo de diseño
de interiores. Las residencias de clase alta tenían un toque
típicamente europeo. Los muebles y decoración eran
de corte francés, las paredes estaban empapeladas, además
de los brocados nativos utilizados en las mesas y butacas. El toque
criollo se refleja en el uso de la "pajilla" en las butacas.
Según Susana Luraschi, (Lic. En Psicología)
nos cuenta:
…”El siglo XXI ha traído múltiples transformaciones
observable en todos los niveles, industriales, científicos,
ideológicos, históricos, sociales, etc. Tiempos vertiginosos
que generan cambios que dan la sensación de mutación
social global.
Estamos insertos en la cultura de la imagen, del consumo que alienta
un modelo de hombre de que mas se tiene mas seguro, fuerte y dominante
se es. En este sentido, creo, el espíritu de la época
no tiene diferencia entre clases sociales, mas el valor agregado
de la competitividad, ha tenido gran influencia en los cambios sociales
y económicos y todo lo que tenga que ver con la calidad de
vida de las personas. Hoy todo se organiza con la concepción
de “progreso” entendiéndose como la idea de “
tener” o poseer objetos otorga plenitud y hasta existencia…
“si tenes, sos,.. existís,.. si no tenes, no sos, no
existís ”. Si consumo existo, sino consumo no existo”…
Las élites cumplen con estas características y si
bien crean una ideología de clase alta para distinguirse
de otros sectores sociales como organizar fiestas particulares en
salones privados, adquirir ciertas marcas de coches (Honda, audi,
jettas), asistir a escuelas particulares con prestigio regional
o nacional (Morelos, UDLA, UIA), usar cierto tipo de ropa, etc.;
también es cierto que como elites locales interactúan
con el resto de la sociedad a partir de adaptar ciertas manifestaciones
culturales tradicionalistas como símbolos distintivos que
les permiten legitimar su poder económico y consolidar su
prestigio social, esta situación expresa el deseo constante
de ser reconocidos como élite de parte de la sociedad en
su conjunto, adoptando elementos tradicionales al grado de volver
más costosas las tradiciones de un evento con tal de mostrar
su poder económico . Esta camada ha sido bautizada por los
lugareños como la "camada de los ricos o de quienes
viven en una ostentación obscena". Es una nueva clase
social que trasciende los parámetros de clase alta, media
y baja, con una moral propia que separa de quienes tienen una vida
y un futuro y de quienes están alienados. Son quienes pueden
empaparse de culturas diferentes e incluirse en el mundo.
Con la aparición del automóvil para la clase alta
se crea un motivo más que distinguido. Por ejemplo en nuestros
días la apuesta de Mazda con su Demio 1.3
es la de un utilitario urbano de clase alta, ligeramente más
grande que sus rivales, con mayor equipamiento de serie, con motores
más potentes y, lógicamente, más caro. Los
teléfonos celulares caros, las cámaras de foto digitales
y los televisores de pantalla plana, son algunos de los íconos
de consumo del nivel socioeconómico alto. Además,
un 51 por ciento de los ciudadanos reconoció que realiza
una "inversión mental y económica en el cuidado
de su look personal". El espacio de movilidad está limitado
a las reglas de exclusión o posicionamiento social. Como
personas todos somos iguales, socialmente somos muy diferentes.
… “Cómo poder hablar de una marca sin tener en
cuenta al consumidor”...Alejandro Morero (marketing) nos cuenta:
Como sabemos, el consumidor (en términos genéricos)
es aquella persona que adquiere el producto para su uso o consumo.
Una pregunta que siempre ronda nuestras cabezas a la hora de poner
un producto en la calle a disposición del mercado es, ¿quién
es el “consumidor” de nuestros productos?
En una salida al mercado es muy difícil que la respuesta
a esa pregunta tenga nombre y apellido (aunque hoy la tendencia
es la personalización). Por lo tanto, lo que debemos hacer
es encontrar similitudes internas dentro de los compradores de nuestro
producto y determinar los parámetros que nos permitan identificar
un grupo homogéneo de personas, para la implementación
de las acciones de marketing necesarias y llegar a ellos.
Tanto la calidad, características o todo tipo de valor agregado
que le aportemos a nuestro producto puede no ser suficiente para
algunos grupos de compradores. Unos de estos grupos al que hago
referencia están comprendidos por aquellos que compran una
serie de valores o atributos extrínsecos al producto. Obviamente
los encontraremos en la marca. Pero algunos especialistas reconocieron
a un conjunto de éstos compradores con el nombre de “Psycho
Brand” y los particularizan por esa predisposición
al uso de marcas destacadas. Los podremos observar a diario como
personas que se dirigen a los mismos bares (con marca reconocida),
visten de una manera singular, tienen preferencia por reuniones
o visitas a lugares reconocidos y a eventos destacados, etc. Generan
la tendencia en la moda, imponen un estilo, su estilo. Promocionan
cierta asociación de las marcas con su vida y justifican
su uso en forma racional. Son fieles en forma extrema.
En cuanto a la etapa de la vida por la que atraviesan se trata de
personas exitosas que han sabido triunfar en algún aspecto
de su vida, son maduros (28 a 42 años) y con grandes posibidades
económicas (También pueden ser herederos u ocupar
un cargo destacado en una organización). En un alto porcentaje
no poseen una pareja estable y los planes de fin de semana ocupan
gran parte de sus decisiones semanales. Las marcas se ganan su confianza
siempre y cuando se hagan conocer en su medio con asociación
a las marcas ya aceptadas por ellos.
Comercialmente es un grupo interesante ya que “lo que dice
la marca de él” es prioridad, por lo tanto, ese deseo
de poseer se transforma en una necesidad que le permite permanecer
dentro de su grupo de referencia. Toman cada elemento marcario como
símbolo de condecoración y establece comparativas
con sus pares, generando un fuerte impulso motivacional.
El diseño se ve como un estudio de fotografía interesado
en revelar entre numerosos agentes la identidad y la posición
social del hombre, entre otros. Los conceptos que se disparan alrededor
de una cultura de clase alta no marcan sólo la controversia
entre lo femenino y lo masculino, sino una imagen obsesionada por
la apariencia que muestra al otro, dentro del poder de la elegancia
o la seducción al poder. A través de muchas experiencias
vívidas el diseño nos exige una intervención
frente a determinadas situaciones sociales que observamos, a buscar
la respuesta de los grupos que integran la escala social, a los
imperativos de la renovación acelerada de la moda. Por un
lado tenemos a la preparación del ojo crítico del
observador, por el otro los distintos escenarios de transformación
del objeto. En éste trabajo de campo el observador se reorganiza
ante la multitud percibiendo las distintas señales culturales
del individualismo. Así se influye proyectándole carácter
a la cultura de una época o de una clase social. En argentina
existe una postura típica entre los sujetos entre aceptar
y no aceptar nuestra cultura, más allá de la diversidad
cultural que nos confunde, por las consecuencias en la que deviene
el ocultamiento de nuestra identidad. Hoy sólo nos diferenciamos
ante el mundo por rasgos de carácter como por ejemplo el
argentino es un chanta, sólo la producción industrial
y el diseño en sus esfuerzos de ser reconocido en el escenario
de la moda, pretende conquistar el mundo, sabiendo que nos representa
una clase alta a través de un consumismo un tanto occidental
y yanqui, en una imitación que continúa en boga.
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